Verdades y mitos del consumo de mariguana

Autor: Ana Luisa Guerrero
Vía Conacyt | Noviembre 30, 2017

Los mitos populares alrededor de la mariguana justifican su consumo al considerarla una droga blanda. Se refieren a que es una sustancia natural, que no hace daño ni produce adicción ni síndrome de abstinencia, o que no tiene efectos adversos importantes.

Sin embargo, múltiples investigaciones alrededor del mundo dan cuenta que la mariguana (Cannabis sativa) genera cambios estructurales y funcionales en el cerebro y en el sistema nervioso.

Ciudad de México. 30 de noviembre de 2017 (Agencia Informativa Conacyt).- Tres o cuatro bocanadas de un “churro” de mota son suficientes para sentir —en cuestión de minutos— sus efectos relajantes. Pronto, la mente tiene una sensación de euforia seguida de relajación; los músculos del cuerpo entran en un estado de descanso y perciben los olores, sabores y sonidos de forma más intensa; pueden tener unas ganas tremendas de dormir o un hambre descomunal, en tanto que perciben que el tiempo transcurre más lento.

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Esta sensación placentera, mejor conocida como uso recreativo o lúdico, pareciera tener consecuencias inofensivas, pero la sustancia psicoactiva Delta-9-Tetrahidrocabnnabinol (Delta-9-THC) es la responsable de la mayoría de los efectos adversos a nivel cerebral y en otras regiones del cuerpo.

Originaria de Asia central y del sur, la mariguana es la droga ilícita de mayor consumo en el mundo, contabilizándose alrededor de 183 millones de consumidores en 2014, de acuerdo con el Informe Mundial sobre las Drogas 2017.

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En México es el estupefaciente más consumido con una tendencia al alza, pues la prevalencia de haberla usado alguna vez se incrementó de 3.5 por ciento en 2011 a 8.6 por ciento en 2016, según la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2016-2017. Mientras que en la población escolar nivel bachillerato, su prevalencia es de 18.5 por ciento en el medio urbano y 11.8 por ciento en el ámbito rural, según la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas en Estudiantes 2014.

Subjetividad vs evidencia científica

Ezequiel López fuma la hierba desde hace 36 años. Lo hace diario con un cigarrillo, pero hay ocasiones en que uno no es suficiente y se permite otros. La probó a los 14 años, cuando cursaba la preparatoria, por la curiosidad de saber qué se sentía. Su efecto relajador le agradó y de ahí a la fecha la considera parte de su canasta básica.

“No consumo mucho. Me hago un cigarro, le doy unas fumadas, me siento pacheco y lo apago. Cuando se me pasó el viaje, me da hambre y como; me lavo la boca y vuelvo a fumar, casi todo el día ando mariguano”, reconoce.

Los mitos populares alrededor de la mariguana justifican su consumo al considerarla una droga blanda. Se refieren a que es una sustancia natural y medicinal, por lo tanto no hace daño; que no produce adicción ni síndrome de abstinencia, o que no tiene efectos adversos importantes, como el hecho de no morir por una sobredosis.

Estas ideas provienen directamente de quienes la usan. Para Ezequiel, la hierba es como la medicina que le apacigua las presiones: “si tengo una preocupación, me tranquiliza; si no puedo dormir, me relaja y duermo; si no me da hambre, hace que todo se me antoje”.

En su historial de consumo de estupefacientes figuran la “Juana”, la cocaína, la morfina sintética y la piedra, drogas que considera más fuertes y a las que les atribuye su etapa delictiva.

Tras haber comparado los efectos de cada una de esas sustancias, considera que la cannabis es natural e inofensiva, pues dice no haber identificado ningún daño en su persona, “hasta ahora no se me borra la cinta”.

Incluso le confiere efectos medicinales, al considerarla un antidepresivo, porque “si estás bajoneado o presionado, te das un toquecito y todo tranquilo”

Sin embargo, la evidencia científica muestra lo contrario. Múltiples investigaciones alrededor del mundo dan cuenta que la mariguana (Cannabis sativa) genera cambios estructurales y funcionales en el cerebro y en el sistema nervioso. Entre ellos, el deterioro de la capacidad para recordar información nueva, alteraciones de la percepción de espacio-tiempo; eleva la frecuencia cardiaca y disminución de la presión arterial, aumenta el riesgo de trastornos psiquiátricos y disminuye las respuestas inmunológicas; además de alterar la coordinación motriz al impedir el desempeño adecuado en actividades físicas (deportes, conducción de vehículos, actividad sexual, etcétera); en tanto que se le asocia a la depresión y el nerviosismo, a bronquitis e infecciones pulmonares, como se reseña en el artículo “El cerebro, las drogas y los genes”.

¿Cómo actúa? Y ¿Cómo afecta?

Nuestro organismo cuenta con moléculas parecidas a las que provocan el efecto psicoactivo de la mariguana, se trata de los receptores endocannabinoides, los cuales son generados por las neuronas cerebrales para modular su actividad, su función es mantener el equilibrio interno del cuerpo (homeostasis) y de manera natural nos induce el placer de relajarnos, de dormir, de comer o de la actividad sexual.

Cuando los endocannabinoides son sobre estimulados por sustancias externas, se generan más conexiones de las que se requieren y, por lo tanto, promueven que la persona reincida en el consumo.

En la Cannabis sativa hay entre 500 y 700 compuestos, de ellos unos 70 tienen acción cannabinoide, siendo el Delta-9-THC de los más estudiados por su carácter psicoactivo.

Al fumar un porro, los efectos comienzan a sentirse rápidamente por la capacidad de esta especie vegetal para llegar al cerebro después de atravesar las barreras biológicas. Estando ahí, actúa sobre los receptores endocannabinoides CB1 y CB2, los cuales modulan la liberación de diferentes sustancias químicas (neurotransmisores) relacionadas con la modulación de la densidad ósea, el apetito y los fenómenos inflamatorios, entre otros aspectos.

La doctora Silvia Cruz Martín del Campo, académica del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) del Instituto Politécnico Nacional (IPN), señala que esta molécula tiene acción sobre receptores localizados en el hipocampo y en la corteza frontal, regiones que permiten crear nuevas memorias y cambiar su foco de atención, además que están relacionadas con la percepción de las consecuencias de los actos.

“Pero además actúa en el sistema inmunológico, en la unión de receptores CB2, provocando que las células respondan menos”, refiere en entrevista.

Las moléculas de Delta-9-THC actúan además en el cerebelo, una región encargada de funciones como la coordinación motriz fina, la producción del lenguaje y de ritmo, la percepción del tiempo y procesos cognitivos de mayor orden.

Investigadores del Instituto de Neurobiología de la UNAM, campus Juriquilla en Querétaro, analizan esta región para conocer de qué forma las afecta esta molécula psicoactiva.

Bajo la dirección del doctor Sarael Alcauter Solórzano, el estudio consiste en analizar imágenes de resonancia magnética del cerebro de consumidores de mariguana y de un grupo control (no consumidores); con ello se quiere conocer si existen diferencias estructurales y funcionales.

“Hemos encontrado que el cerebelo puede mostrar patrones alterados de desarrollo a causa de esta molécula, y que los consumidores presentan menor conectividad funcional en estas redes comparadas con los sujetos control; aunque hay que reconocer que este hallazgo puede no ser consecuencia del consumo, o bien, ser una diferencia entre la estructura y la función del cerebro que predispone a los sujetos al consumo”, explica el investigador a la Agencia Informativa Conacyt.

Adicionalmente, han detectado que los consumidores de cannabis presentan menor conectividad funcional en las redes frontoparentales, las cuales están encargadas de funciones ejecutivas, como la memoria de trabajo y atención.

Adiós a los mitos

A sus 50 años, Ezequiel López rechaza tener una adicción a la mota, asegura poder dejarla en el momento que lo desee, sin que le provoque alguna alteración.

“La he dejado una semana, 15 días o hasta un mes y nada. Estuve jurando por varias etapas y no tuve ningún problema”, dice.

No obstante, la literatura científica ha documentado que la Cannabis sativa sí genera adicción y síndrome de abstinencia. Se ha mostrado que las personas que la usan frecuentemente desarrollan tolerancia farmacobiológica, lo que los lleva a consumir cantidades mayores para obtener los efectos deseados.

En el Laboratorio de Cannabinoides de la Facultad de Medicina de la UNAM se han realizado experimentos utilizando como modelos ratones de laboratorio a los que se les suministra el principio activo de la mariguana, en los que se observa que el Delta-9-THC genera tolerancia, dependencia y abstinencia, como lo dejó de manifiesto el doctor Óscar Prospero en el Simposio Marihuana y Salud en 2015.

En sus pruebas observaron que al dejar de suministrar la sustancia psicoactiva e inducir el síndrome de abstinencia presentan signos que hacen evidente los efectos, entre ellos rascarse el cuerpo, lamerse los genitales, dar saltos y realizar una marcha hacia atrás.

De acuerdo con la doctora Silvia Cruz Martín del Campo, este síndrome no es tan evidente en los consumidores de mariguana, como sí ocurre con otras drogas, debido a que la sustancia psicoactiva, después de actuar en el cerebro, tiende a almacenarse en el tejido adiposo y se mantiene ahí a lo largo de varias semanas, por lo que durante ese tiempo sigue suministrándose de manera constante.

Empero, en los consumidores que dejan de consumirla por periodos prolongados presentan cuadros de ansiedad, irritabilidad, inquietud, dificultad para dormir y pérdida de apetito. Durante su presentación en el foro Mariguana, una mirada desde la evidencia científica, la investigadora nacional nivel II explicó que se ha documentado que la adicción se desarrolla en uno de cada nueve usuarios cuando el consumo se inició después de los 18 años, pero es de uno de cada seis en consumidores menores de esa edad.

Un mito común es que por sí misma es medicinal y, por lo tanto, fumarse un churro contribuye a tener buena salud; tal y como considera Ezequiel López: “es medicinal porque no me enfermo, en la casa a todos les da gripa y a mí no”.

Las investigaciones en torno a aplicaciones terapéuticas y farmacéuticas de los compuestos activos de la mariguana giran en torno a algunas sustancias no psicoactivas, como el cannabidiol, a partir de la cual se han desarrollado medicamentos que actúan sobre los endocannabinoides.

Actualmente en el mercado hay fármacos basados en este compuesto que contribuye al tratamiento de enfermedades. Por ejemplo, Nabilone y Dronabinol, receptados para prevenir náuseas y vómito causado por tratamientos contra el cáncer y que se receta cuando otros medicamentos no funcionan, así como la pérdida de apetito y de peso; y Sativex, un medicamento recetado para tratar a esclerosis múltiple.

No apto para menores

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El cerebro es un órgano que también se va desarrollando conforme a nuestra edad; el de niños y adolescentes está en constante maduración y existe evidencia científica que si el consumo de estupefacientes se realiza en edades tempranas se registra un deterioro cognitivo.

La doctora Silvia Cruz Martín del Campo, especialista en neurobiología de las adicciones, detalla que el cerebro adolescente es más susceptible a tomar riesgos y a tener los efectos gratificantes de una sustancia de abuso, por lo que es más fácil que desarrolle adicciones.

“Se sabe que el consumo en inicio temprano disminuye la conectividad neuronal, porque las diferentes zonas del cerebro que queremos conectadas son las que tienen que ver con las emociones, con la forma de echarlas a andar y de controlarla. Un adulto que se desarrolla bien, desarrolla una buena conectividad entre la parte impulsiva y la racional, que hace que tengamos la capacidad de evaluar los riesgos y asumir el control de la conducta; los adolescentes y personas que consumen drogas, tienen un desbalance en esta área”, abunda.

El consumo de drogas ilícitas en menores de 10 y 18 años ha aumentado en las últimas décadas, siendo de 17.2 por ciento, refiere la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas entre Adolescentes (Encode) 2014.

El problema no es menor, considera la investigadora del Cinvestav, debido a que el deterioro de la memoria que provocan los estupefacientes, entre ellos la mariguana, afecta su desarrollo escolar e impacta directamente en sus posibilidades de éxito, de ahí que pugna porque las políticas públicas pongan particular atención en la prevención y tratamiento en los menores de edad.

Despenalización, ¿hacia dónde va?

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En abril pasado, el Poder Legislativo realizó reformas para eliminar la prohibición y penalización del uso medicinal e investigación científica de la mariguana y sus derivados de su producción y distribución con estos fines.

En ellas se establece que el Tetrahidrocannabinol (THC) es una sustancia psicotrópica con valor terapéutico, que en concentraciones de isómeros menores o iguales a uno por ciento no representan problemas para la salud pública.

Desde la perspectiva de la comunidad científica, los cambios a la legislación son importantes porque permitirán explorar y explotar el potencial médico de las moléculas de la Cannabis sativa; no obstante, consideran que esta permisividad podría potenciar su consumo.

El doctor Sarael Alcauter califica de positivos los cambios en la legislación porque las posturas prohibicionistas limitan incluso la investigación, y a partir de los trabajos científicos que se realicen en torno al uso terapéutico contribuirán a asuntos de salud pública.

Pero además considera que desde su trinchera, el estudio que realizan en torno a los efectos por el alto consumo de cannabis, generan evidencia científica sobre la otra cara de la moneda, que son los efectos adversos que genera, y la pertinencia de que haya políticas públicas adecuadas.

A esa postura se suma la doctora Silvia Cruz Martín del Campo: “nosotros como farmacólogos que hacemos investigación, damos evidencias científicas que sean un insumo para que quienes hacen las políticas públicas tomen las mejores decisiones y no es una cosa dicotómica”.

Desde el punto de vista del consumidor, Ezequiel López defiende las modificaciones legales, pues de esta manera “ya no se nos ve a los mariguanos como delincuentes, sino como personas que tenemos derecho a fumar lo que queremos”, dice mientras exhala el humo de su churro.

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Is the Universe Conscious?

Author: Corey S. Powell
Via NBC News| June 16, 2017

Some of the world’s most renowned scientists are questioning whether the cosmos has an inner life similar to our own.

For centuries, modern science has been shrinking the gap between humans and the rest of the universe, from Isaac Newton showing that one set of laws applies equally to falling apples and orbiting moons to Carl Sagan intoning that “we are made of star stuff” — that the atoms of our bodies were literally forged in the nuclear furnaces of other stars.

Even in that context, Gregory Matloff’s ideas are shocking. The veteran physicist at New York City College of Technology recently published a paper arguing that humans may be like the rest of the universe in substance and in spirit. A “proto-consciousness field” could extend through all of space, he argues. Stars may be thinking entities that deliberately control their paths. Put more bluntly, the entire cosmos may be self-aware.

The notion of a conscious universe sounds more like the stuff of late night TV than academic journals. Called by its formal academic name, though, “panpsychism” turns out to have prominent supporters in a variety of fields. New York University philosopher and cognitive scientist David Chalmers is a proponent. So too, in different ways, are neuroscientist Christof Koch of the Allen Institute for Brain Science, and British physicist Sir Roger Penrose, renowned for his work on gravity and black holes. The bottom line, Matloff argues, is that panpsychism is too important to ignore.

“It’s all very speculative, but it’s something we can check and either validate or falsify,” he says.

Three decades ago, Penrose introduced a key element of panpsychism with his theory that consciousness is rooted in the statistical rules of quantum physics as they apply in the microscopic spaces between neurons in the brain.

In 2006, German physicist Bernard Haisch, known both for his studies of active stars and his openness to unorthodox science, took Penrose’s idea a big step further. Haisch proposed that the quantum fields that permeate all of empty space (the so-called “quantum vacuum”) produce and transmit consciousness, which then emerges in any sufficiently complex system with energy flowing through it. And not just a brain, but potentially any physical structure. Intrigued, Matloff wondered if there was a way to take these squishy arguments and put them to an observational test.

One of the hallmarks of life is its ability to adjust its behavior in response to stimulus. Matloff began searching for astronomical objects that unexpectedly exhibit this behavior. Recently, he zeroed in on a little-studied anomaly in stellar motion known as Paranego’s Discontinuity. On average, cooler stars orbit our galaxy more quickly than do hotter ones. Most astronomers attribute the effect to interactions between stars and gas clouds throughout the galaxy. Matloff considered a different explanation. He noted that the anomaly appears in stars that are cool enough to have molecules in their atmospheres, which greatly increases their chemical complexity.

Matloff noted further that some stars appear to emit jets that point in only one direction, an unbalanced process that could cause a star to alter its motion. He wondered: Could this actually be a willful process? Is there any way to tell?

If Paranego’s Discontinuity is caused by specific conditions within the galaxy, it should vary from location to location. But if it is something intrinsic to the stars — as consciousness would be — it should be the same everywhere. Data from existing stellar catalogs seems to support the latter view, Matloff claims. Detailed results from the Gaia star-mapping space telescope, due in 2018, will provide a more stringent test.

Matloff is under no illusion that his colleagues will be convinced, but he remains upbeat: “Shouldn’t we at least be checking? Maybe we can move panpsychism from philosophy to observational astrophysics.”

MIND OUT OF MATTER

While Matloff looks out to the stars to verify panpsychism, Christof Koch looks at humans. In his view, the existence of widespread, ubiquitous consciousness is strongly tied to scientists’ current understanding of the neurological origins of the mind.

“The only dominant theory we have of consciousness says that it is associated with complexity — with a system’s ability to act upon its own state and determine its own fate,” Koch says. “Theory states that it could go down to very simple systems. In principle, some purely physical systems that are not biological or organic may also be conscious.”

Koch is inspired by integrated information theory, a hot topic among modern neuroscientists, which holds that consciousness is defined by the ability of a system to be influenced by its previous state and to influence its next state.

The human brain is just an extreme example of that process, Koch explains: “We are more complex, we have more self-awareness — well, some of us do — but other systems have awareness, too. We may share this property of experience, and that is what consciousness is: the ability to experience anything, from the most mundane to the most refined religious experience.”

Like Matloff, Koch and his colleagues are actively engaged in experimental tests of these ideas. One approach is to study brain-impaired patients to see if their information responses align with biological measures of their consciousness. Another approach, further off, is to wire the brains of two mice together and see how the integrated consciousness of the animals changes as the amount of information flowing between them is increased. At some point, according to integrated information theory, the two should merge into a single, larger information system. Eventually, it should be possible to run such experiments with humans, wiring their brains together to see if a new type of consciousness emerges.

Despite their seeming similarities, Koch is dubious of Matloff’s volitional stars. What is distinctive about living things, according to his theory, is not that they are alive but that they are complex. Although the sun is vastly bigger than a bacterium, from a mathematical perspective it is also vastly simpler. Koch allows that a star may have an internal life that allows it to “feel,” but whatever that feeling is, it is much less than the feeling of being an E. coli.

On the other hand, “even systems that we don’t consider animate could have a little bit of consciousness,” Koch says. “It is part and parcel of the physical.” From this perspective, the universe may not exactly be thinking, but it still has an internal experience intimately tied to our own.

A PARTICIPATORY COSMOS

Which brings us to Roger Penrose and his theories linking consciousness and quantum mechanics. He does not overtly identify himself as a panpsychist, but his argument that self-awareness and free will begin with quantum events in the brain inevitably links our minds with the cosmos. Penrose sums up this connection beautifully in his opus “The Road to Reality”:

“The laws of physics produce complex systems, and these complex systems lead to consciousness, which then produces mathematics, which can then encode in a succinct and inspiring way the very underlying laws of physics that gave rise to it.”

Despite his towering stature as a physicist, Penrose has encountered resistance to his theory of consciousness. Oddly, his colleagues have been more accepting of the exotic, cosmic-consciousness implications of quantum mechanics. Ever since the 1920s, physicists have puzzled over the strangely privileged role of the observer in quantum theory. A particle exists in a fuzzy state of uncertainty…but only until it is observed. As soon as someone looks at it and takes its measurements, the particle seems to collapse into a definite location.

The late physicist John Wheeler concluded that the apparent oddity of quantum mechanics was built on an even grander and odder truth: that the universe as a whole festers in a state of uncertainty and snaps into clear, actual being when observed by a conscious being — that is, us.

“We are participators in bringing into being not only the near and here but the far away and long ago,” Wheeler said in 2006. He calls his interpretation the “participatory anthropic principle.” If he is correct, the universe is conscious, but in almost the opposite of the way that Matloff pictures it: Only through the acts of conscious minds does it truly exist at all.

It is hard to imagine how a scientist could put the participatory anthropic principle to an empirical test. There are no stars to monitor, and no brains to measure, to understand whether reality depends on the presence of consciousness. Even if it cannot be proven, the participatory anthropic principle extends the unifying agenda of modern science, powerfully evoking the sense of connectedness that Albert Einstein called the cosmic religious feeling.

“In my view, it is the most important function of art and science to awaken this feeling and keep it alive in those who are receptive to it,” Einstein wrote in a 1930 New York Times editorial. Explorers like Matloff are routinely dismissed as fringe thinkers, but it is hard to think of any greater expression of that feeling than continuing the quest to find out if our human minds are just tiny components of a much greater cosmic brain.

Images: NASA via Reuters

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