Juaritos Literario, Cartografía literaria de Ciudad Juárez

Autores: Juaritos Literario (Amalia, Elisa, Antonio, Urani)
Vía Juaritos Literario

Blog recomendado por Mariana Chávez Berrón colaboradora de México para Replicación de Arttextum

 Cartografía literaria de Ciudad Juárez es un proyecto de investigación (también llamado Juaritos Literario) que se ha dedicado a la recopilación y digitalización de obras literarias, publicaciónes que hablan tanto de espacios de ficción como reales y de la experiencia al recorrerlos en Ciudad Juárez la cuál es mi ciudad natal, donde crecí y me ha interesado mucho esta investigación ya que he abordado el tema de memoria colectiva desde hace tiempo en mi creación artística.

Mariana Chávez Berrón

El proyecto de investigación Cartografía literaria de Ciudad Juárez (también llamado con cariño Juaritos Literario) lleva casi 10 meses en operaciones. Al día de hoy hemos dado fin al primer calendario de actividades que incluye esfuerzos simultáneos en diferentes rubros: identificación y digitalización de obras literarias (alrededor de 400); publicación de entradas de blog (casi un centenar) que se ocupan tanto de espacios de ficción como de la experiencia al recorrerlos; y, lo más importante, diseño de rutas literarias y puesta en marcha de caminatas urbanas (Aquí a la vuelta… de página) en torno al patrimonio que el discurso escrito ha asentado –y desde ahora es tangible, patente y transitable– en nuestra ciudad.

 

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Nos parece necesario resolver las cuestiones que se nos han presentado durante todo el proceso de investigación: desde que el proyecto era una idea escurridiza hasta la formalización de una metodología sujeta al financiamiento por parte de instituciones encargadas de la gestión del patrimonio del Estado, en este caso el Consejo Ciudadano para el Desarrollo Cultural Municipal de Juárez. Por ello, en forma de decálogo, fijamos nuestra atención en el qué, cómo, con qué y para qué del trabajo. Pensamos que la única vía para que nuestra Cartografía literaria se convierta en un proyecto sustentable es que deje de serlo, es decir, quitándole el posesivo. Toda iniciativa que se proyecte hacia futuro conseguirá ese largo alcance en tanto que circulen por ella diferentes participantes. Lo que sigue son nuevos retos y planes de investigación; así que dejamos por escrito este manifiesto con la convicción de que alguien lo tomará como punto de partida en sus indagaciones sobre la literatura local y que asumirá como propio este proyecto, motivado siempre y en exclusivo por el gusto y la recompensa de la lectura, tanto la que nutre nuestros libreros como la que promovemos.

Imagen de Portada: Alex Briseño

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Gregory Crewdson, el hombre que hace cine a través de una única fotografía

Autor: Ángel Perianes
Vía El Mundo | Septiembre 5, 2017

Artículo recomendado por Angélica Escoto, colaboradora de México, para Replicación de Arttextum

Reino Unido y Francia acogen este verano “Cathedral of the pines”, la última serie del artista norteamericano, que asegura haber realizado su obra “más personal” tras dos años de trabajo

Posee la insólita virtud de hacer cine con una cámara de fotos. En sus más de 20 años de profesión como fotógrafo, a Gregory Crewdson (Nueva York, 1962) ya hay quien le considera un Alfred Hitchcock que filma en un solo fotograma. Un incondicional de David Lynch que vive obsesionado con colgar la esencia de su película Terciopelo azul en una pared, una y otra vez. La influencia de ambos, junto a la de otros grandes cineastas, le ha llevado a colmar su obra de innumerables códigos cinematográficos. Así se inspira para retratar escenas suburbanas de calado surrealista; como una secuencia en pause de Twin Peaks, en la que, entre vecindarios idílicos, el espectador parece obligado a hacer del célebre agente Cooper para interpretar qué sucede en sus obras.

Crewdson vuelca a la fotografía las historias que el celuloide no puede sintetizar. Dice que no toma fotos. Las construye. Lo hace con la parafernalia del séptimo arte. A su alrededor, un amplio equipo que, desde sus inicios en los 80, le ha ayudado a crear su particular Hollywood en los barrios residenciales de su estado de acogida, Massachusetts. Trabaja entre una mirada de diseñadores, operadores de cámara, iluminadores, directores de arte, asistentes de fotografía, pirotécnicos, maquilladores, carpinteros y operarios; decenas de personas invadiendo calles con grúas y máquinas de humo, mientras él controla a todos, movido por su perfeccionismo.

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En 2013 y 2014, los frondosos bosques de Beckett fueron testigos de su último trabajo. Esta zona del condado de Berkshire, próxima a los Apalaches, acogió la producción de su serie más reciente, Cathedral of the Pines, que ha aterrizado este verano en el continente europeo, y que se expone en la actualidad en la Photographers’ Gallery de Londres y en el FRAC Auvergne de Clermont-Ferrand, en Francia.

El artista la describe como “la más personal” de todas las que ha realizado hasta la fecha, lejos del despliegue técnico realizado años atrás, aunque ha sido, probablemente, la más complicada de iniciar. Una profunda crisis provocada por su divorcio le tuvo dos años sin sacar una sola foto. Se recluyó en Great Barrington, un pueblo donde compró y restauró una iglesia para hacer de ella su nueva casa y, al lado, una estación de bomberos que convirtió en su estudio. Después de largas caminatas durante meses por los alrededores, encontró la inspiración en un sendero cuyo nombre dio título a esta obra. “Estaba caminando un día de nieve cuando me encontré con una señal en un sendero llamado Cathedral of the Pines. La resonancia del nombre me detuvo. Sabía que tenía que usarlo”, explica.

La obra es el reflejo de un sueño recurrente. Una fijación del artista por mostrar distopías domésticas de la clase media en un ambiente de tensión hogareña o dramas íntimos de personas a la deriva que ocultan un algo tan siniestro como melancólico. Son misterios suburbanos sin argumento, tal y como él mismo reconoce: “No hay un antes ni un después de ese momento congelado. Ni quiero que haya una narración literal. Debe ser el público quien proyecte su propia narración”.

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Está convencido de que “todo artista tiene una sola historia que contar y no deja de contarla una y otra vez”. La historia de gente al borde del colapso; de mujeres desnudas con miradas abismáticas, perdidas en habitaciones tapizadas de algún motel con reminiscencias del cine clásico, acurrucadas en sofás de tela sintética, de pie sobre una moqueta, en un sombrío cobertizo o junto a un Chevrolet, vivaqueando en la intemperie. Cada imagen suma la estética y extrañeza de Lynch, el realismo del pintor Edward Hopper o el paisajismo del siglo XIX de artistas como Thomas Cole y Albert Bierstadt.

Para conseguir ese resultado, su equipo tuvo que hacer frente a duros reveses. Entre ellos, un miembro del set casi muere ahogado debido a una inundación y otro perdió la sensibilidad en los pies sobre la nieve. Eso marcó el nivel de dificultad de una producción que llegó a gestarse a 15 grados bajo cero en un terreno boscoso de complicado acceso.

Crewdson trabajaba por primera vez rodeado de familia y amigos. Nunca antes, en otras series, se había dignado a conocer a quienes posaban para él. Ni siquiera ha sabido cómo denominarlos: ¿Actores, modelos, sujetos? Ha sido así hasta Cathedral of the pines. Algo cambió en esta obra en la que pasó de fotografiar figuras anónimas, muchas de clase obrera, a su actual esposa (y productora creativa), Juliane Hiam, y su hija Lily, que han ejercido de protagonistas en algunas de las imágenes. Lucen como él sueña sus personajes. Como seres disfuncionales que el novelista John Cheever hubiera descrito en papel.

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Cada una de sus costosas imágenes es fruto de producciones faraónicas que se dilatan durante días, semanas e, incluso, meses, hasta que un clic plasma el resultado final. Son imágenes con presupuestos de miles de dólares invertidos en espacios interiores y exteriores que se ha atrevido a moldear sin límites desde que se consolidó a finales de los años 90 como artista a gran escala; desde incendiar casas a comprar un edificio para poder derrumbarlo o a humear avenidas. Todo para dar con la atmósfera idónea. O el “momento perfecto” que siempre busca, tal y como relata en el documental, “Brief Encounters”, cuyo director, Ben Shapiro, dedicó casi una década de su vida a grabar cómo Crewdson creaba su serie más célebre, “Beneath the roses”.

Reino Unido y Francia acogen este verano “Cathedral of the pines”, la última serie del artista norteamericano, que asegura haber realizado su obra “más personal” tras dos años de trabajo

Posee la insólita virtud de hacer cine con una cámara de fotos. En sus más de 20 años de profesión como fotógrafo, a Gregory Crewdson (Nueva York, 1962) ya hay quien le considera un Alfred Hitchcock que filma en un solo fotograma. Un incondicional de David Lynch que vive obsesionado con colgar la esencia de su película Terciopelo azul en una pared, una y otra vez. La influencia de ambos, junto a la de otros grandes cineastas, le ha llevado a colmar su obra de innumerables códigos cinematográficos. Así se inspira para retratar escenas suburbanas de calado surrealista; como una secuencia en pause de Twin Peaks, en la que, entre vecindarios idílicos, el espectador parece obligado a hacer del célebre agente Cooper para interpretar qué sucede en sus obras.

Crewdson vuelca a la fotografía las historias que el celuloide no puede sintetizar. Dice que no toma fotos. Las construye. Lo hace con la parafernalia del séptimo arte. A su alrededor, un amplio equipo que, desde sus inicios en los 80, le ha ayudado a crear su particular Hollywood en los barrios residenciales de su estado de acogida, Massachusetts. Trabaja entre una mirada de diseñadores, operadores de cámara, iluminadores, directores de arte, asistentes de fotografía, pirotécnicos, maquilladores, carpinteros y operarios; decenas de personas invadiendo calles con grúas y máquinas de humo, mientras él controla a todos, movido por su perfeccionismo.

Infancia pintoresca

Desde muy temprana edad, su vida quedó condicionada por grandes epifanías. El sótano de su casa en Park Slope, Brooklyn, es el origen de su obra. Era ahí donde su padre, un psicoanalista con esposa y tres hijos, tenía la consulta. Empujado por la curiosidad, tras la puerta de aquel despacho subterráneo, Gregory solía pegar la oreja en el suelo para intentar conocer las confidencias de los pacientes que por allí pasaban. De todo cuanto escuchaba (y lo que no) en las sesiones de aquellas personas, Crewdson empezó a desarrollar cierto afán por lo secreto y lo prohibido. Pero sobre todo, por lo extraño y lo paranormal, una fijación que aquel niño fue acrecentando poco a poco y que, décadas más tarde, plasmaría en algunas de sus fotos más icónicas.

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Años más tarde supo que era disléxico. Y, desde entonces, se mantuvo apegado a la imagen fija como vía de expresión, dada la dificultad que tenía para leer y escribir. Ocurrió después de que, en 1972, su padre le llevara a una exposición sobre la artista Diane Arbus en el MoMa de Nueva York. Empapó su infancia de los personajes perturbadores y marginales de la americana, al igual que de otros artistas como William Eggleston, Walker Evans, Stephen Shore o Joel Sternfeld; Fotógrafos que durante aquella década pusieron de moda hacer crónica de su país, retratando mundanos paisajes rurales y suburbanos que han sufrido la acción del hombre.

Puso tanto empeño en la fotografía como en la música, a la que a punto estuvo de dedicarse cuando apenas contaba con la mayoría de edad. Por entonces tenía un grupo de pop llamado The Speedies. Al final, todo quedó en un solo éxito casualmente llamado “Let me take your photo” que, 20 años más tarde, fue utilizado para publicitar impresoras de la conocida marca Hewlett Packard.

La cinta Terciopelo Azul de su director fetiche, David Lynch, cambió su vida para siempre al descubrirla en 1987: “Recuerdo que me sentí profundamente conectado con la forma en que utiliza la lengua vernácula americana y cómo reveló algo más oscuro y siniestro por debajo de ella. Conecté completamente con su uso de la luz y la oscuridad. No estoy diciendo que sea la mejor película de la historia, pero es la que mejor me define”. Por eso, se obcecó en clavar su universo en cada una de sus fotos. En exteriores, panorámicas forestales que mezclan elementos industriales con edificaciones ruinosas. En interiores, iluminaciones lúgubres, espejos y puertas entreabiertas en espacios arcanos con personajes erráticos que parecen sacados de la filmografía del director surrealista.

Gregory Crewdson eligió la cabaña de sus padres, en Lee, un pequeño pueblo de Massachusetts, para iniciar su trayectoria tras terminar sus estudios superiores en la Universidad de Yale, de la que hoy es profesor. En ese municipio han surgido muchas de sus babélicas fantasías, que tantos miles de dólares han movido.

Pronto traspasó la barrera de fotógrafo convencional para convertirse en una suerte de arquitecto que escenificaba todo cuanto le sobrecogía, ya fueran influencias cinematográficas como literarias. Y así fue cómo surgió su primera foto a gran escala, haciendo un homenaje a la Ofelia de Hamlet que el británico John Everett Millais inmortalizó en una pintura: “Durante muchos años tuve en mi mente la imagen de una mujer sumergida en su sala de estar. Cuando me fue posible trabajar en un estudio de sonido, supe que era lo primero que iba a intentar. Construimos una sala de estar y un tanque a su alrededor para inundarla. Entonces miré a través de la cámara, vi la expresión de ella y me di cuenta de que aquello era lo que buscaba. Fue aterrador”.

Cada imagen, admite, surge de un “qué extraño, ¿qué es esto?”. Son revelaciones rurales, suburbiales, que él consigue plasmar en su cabeza a base cine, fotografía, literatura y pintura, tal y como confiesa:

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What if Everyone Lived in Just One City?

By: RealLifeLore
Via YouTube | September 23, 2016

 What if everybody in the world, all 7.4 billion of us all lived together in the same city? How big or small would this city have to be and how close together or far apart would we all be living from each other?
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This video explores those concepts and visualizes what a massive global city would look like were it to ever exist in the real world.

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Barrio mexicano reduce la criminalidad a través del arte

Autor: EFE
Vía La Opinión | Abril 2, 2016

 

La organización ‘Colectivo Tomate’ cambia la cara de Xanenetla en Puebla

El barrio de Xanenetla, considerado como uno de los más “bravos” de la ciudad de Puebla (centro de México), ha sido por años epicentro de crímenes y delitos; sin embargo, el lugar ha sufrido una transformación gracias al arte. “Los taxis no se atrevían a entrar” señala un vecino sobre este barrio, que colinda con el centro de la ciudad y cuya población ronda los 10,000 habitantes. Calles empedradas y estrechas que fueron testigos históricos de asaltos, tráfico de drogas y conflictos son hoy un faro de luz que abre la puerta a la esperanza de todos los vecinos de la colonia, donde hoy se inaugura la Ciudad Mural.

Detrás de esta transformación está una organización sin fines de lucro conocida como “Colectivo Tomate”, un grupo de ciudadanos que busca inspirar a las personas a participar activamente por su comunidad. “Que se den cuenta de que cuando nos unimos podemos fortalecer y transformar el lugar en el que las personas habitamos” señaló Maribel Benítez, codirectora del colectivo.

El inicio de algo grande

Comenzó como un proyecto de arquitectura entre dos personas, pero nueve años después se ha convertido en una iniciativa de integración social en comunidades vulnerables y focos rojos de las grandes urbes.

Su trabajo no sólo queda reflejado en las paredes; también se nota en la reducción de los índices de criminalidad y en la calidad de vida de los habitantes. “El arte es nuestra herramienta principal y favorita y a través de él promovemos herramientas de paz y de participación ciudadana” dijo la codirectora.

Un artista del Estado de México describe esta experiencia como genial y señala que el hecho de trabajar en puntos conflictivos la hace más humana. “Quizá los jóvenes no tienen otra forma de ver la vida; tal vez (están involucrados en asuntos de) drogas o violencia y cuando ven a una persona haciendo un mural podemos cambiar algo en ellos”, señala el artista Fernando Pons Fernández.

El proyecto consiste en la creación colectiva de murales que narren la historia de las familias en las fachadas de sus casas, así como la identidad del barrio en espacios comunes.

Artistas internacionales y de diferentes partes del país se sumergen en la historia del barrio a través de dinámicas de sensibilización.

Descalzos y con los ojos tapados recorren el barrio para sentirlo, escucharlo y así poder transmitir luego esas sensaciones a través de sus pinturas. Una labor altruista que comienza conociendo a las familias; ellos se abren al artista y le expresan qué les gustaría representar en sus fachadas. De ahí sale un boceto que finalmente, de ser aprobado por la propia familia, quedará grabado en sus viviendas.

El artista poblano Alejandro Varela comparte su experiencia y señala que le tocó pintar la fachada de una pareja de matemáticos. Cuando entró por primera vez a su casa se topó con una estatua de un perro xoloitzcuintle, pero no le dio más importancia. “Al día siguiente me dicen, ‘no te hemos presentado a nuestra hija’, yo pregunté si tenían una y me sacaron a una xoloitzcuintle, y dije ‘ya lo tengo’”. Ahora esta pareja tiene a cada lado de la entrada principal de su casa un perro de esta raza, un macho y una hembra.

Historias como estas se repiten en cada fachada. Unos deciden poner algo alusivo a su profesión, a sus creencias religiosas, a un familiar recientemente fallecido o plasman leyendas típicas del barrio. El día de hoy se inaugura Ciudad Mural en Xanenetla; el barrio que vio nacer esta iniciativa hace siete años sigue sumando historias a través de la pintura.

En esta ocasión son 75 murales, de los cuales 44 son completamente nuevos y 26 han sido rehabilitados de etapas anteriores.

Mes y medio de trabajo conjunto entre artistas y vecinos que deja como resultado un barrio lleno de color y encanto, donde el miedo y la inseguridad se esfumó a brochazos para dar paso a un lienzo de esperanza y oportunidades para miles de personas.

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Las tejedoras de Mampuján: La fuerza femenina del perdón

Autora: Gloria Castrillón
Vía Revista Cromos | Noviembre 19, 2015

 

Este grupo de mujeres campesinas que ayudó a comunidades de los Montes de María a superar los traumas de la guerra, representando sus vivencias en figuras de tela, han sido galardonadas con el Premio Nacional de Paz.

Las primeras puntadas fueron de dolor. Cada vez que entraba la aguja para unir las telas, algo se desgarraba en su corazón y el llanto salía sin parar. Entonces estas mujeres soltaban la aguja y se secaban las lágrimas para seguir llorando. La colcha de retazos apenas tenía forma: unas montañas de fondo, unos caminos, algunos árboles y el arroyo; ahora tenían que dibujar las personas. Cada figura representaba a un vecino, amigo o familiar. Por eso dolía tanto, porque lo que estaban plasmando en la tela era su propia historia.

Entonces después de secarse las lágrimas una y otra vez, de tomar aire y elevar una oración, volvían a tomar la aguja para ponerle ropa a cada figura humana. “El hermano Luis tenía un pantalón así”, decía la una; “la ‘seño’ Guadalupe tenía su pelito blanco muy blanco”, contestaba otra al extremo opuesto del tejido. Cada mujer aportaba un recuerdo, una idea, un pedazo de tela. Así construyeron su primer tapiz. Desplazamiento, se llamó. Así, sin eufemismos ni adornos. Una sola palabra para mostrar el horror que comenzaron a vivir el 11 de marzo del año 2000 y que aún no termina.

En ese momento, mediados de 2006, eran 33 mujeres que empezaban a rehacer su vida en un lote regalado, sin servicios públicos, a casi siete kilómetros de su pueblo, Mampuján, un corregimiento del municipio de María la Baja, Bolívar. Ellas creían que después de seis años de haber salido huyendo con sus maridos, hijos y corotos a cuestas por la amenaza de los paramilitares, ya habían superado el dolor.

Pero no. Los dolores seguían guardados, les atormentaban el alma y el cuerpo. Y aunque no lo sabían, esos primeros tapices de figuras geométricas que les había enseñado a hacer Teresa Geiser, una predicadora estadounidense de la Iglesia Menonita, que había venido de El Salvador a enseñarles a coser, se convertirían en su puerta de salvación, en la ventana para mostrarse como mujeres dueñas de una fuerza descomunal de la que no eran conscientes.

Teresa había llegado con su esposo, Carlos, invitados por la Iglesia Menonita de Colombia a ayudarle a esta comunidad a rehacerse de la nada después de pasar casi cinco años rodando con sus familias y tristezas en María la Baja, entre el parque, el colegio, la casa de la cultura y unos prostíbulos convertidos en albergues. Por fin tenían un pedazo de tierra para levantar carpas o ranchitos de madera y tener algo parecido a una vivienda, un poco de privacidad.

Lo que habían vivido antes no era vida, decían ellas cada vez se encontraban a coser. Vivir hacinados, sin comida, sin condiciones sanitarias, no solo les había traído enfermedades, sino que convirtió a una comunidad creyente, tranquila y solidaria en el peor de los infiernos, por los problemas de convivencia, violencia intrafamiliar, y hasta casos de abuso sexual a los niños y niñas.

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Por eso aceptaron la idea de coser esas figuritas geométricas de tela rosada. Pero se aburrieron y le pidieron a Teresa que les enseñara a coser algo que las representara a ellas y sus familias. Así empezaron su nueva historia. Entre los talleres de costura y otros que llevaron instituciones como la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, CNRR, y algunas Ong, empezaron a ser conscientes de sus derechos y a entender que el conflicto las afectaba a ellas de manera diferente que a los hombres. “En esta comunidad machista, la mujer era ama de casa y había pocas líderes. Nos dimos cuenta de que las heridas habían sanado mal, hicimos una catarsis,” recuerda Juana Alicia Ruiz, una de sus promotoras.

En ese primer tapiz quisieron mostrar la afectación de las 245 familias que huyeron ese sábado 11 de marzo muy de madrugada. El día anterior, un viernes hacia las 5 de la tarde, mientras la vida pasaba tranquila en el pueblo, las mujeres hacían sus oficios, los niños retozaban en el arroyo y los hombres jugaban fútbol en la plaza, llegaron cerca de 200 paramilitares a intimidarlos. Fueron de casa en casa y sacaron a hombres y mujeres para reunirlos en el parque. Después de insultarlos y tratarlos como guerrilleros les dijeron que los iban a matar.

“Nos dijeron que ellos eran los mismos que habían estado en El Salado (corregimiento del Carmen de Bolívar en el que los paramilitares efectuaron una de las peores masacres entre el 16 y el 21 de febrero de ese año, para torturar y asesinar a 61 personas, violar y empalar mujeres y quemar ranchos y cosechas al ritmo de tamboras) y que de este pueblo no saldrían vivos ni los perros”, recuerdan.

Lo que ellos consideran un milagro, ocurrió un par de horas después de tanto insulto y amenaza. “El jefe recibió una llamada por radioteléfono, se apartó, discutió y manotió. Cuando terminó nos dijo que nos habíamos salvado, que alguien habían intercedido por nosotros y que no nos matarían, pero que debíamos abandonar el pueblo ahí mismo”, corroboran los testimonios de hombres como Gabriel Pulido, líder de la comunidad. De tanto rogar, los pobladores lograron que los asesinos les dieran un par de horas y les permitieran irse al día siguiente.

Lo que muestra el tapiz es duro y revelador. Se ven figuras de ancianos cargados en hamacas, hombres y mujeres con bultos y niños en brazos, sujetos uniformados y armados que les apuntan. “Primero lo hicimos en cartulina y luego lo cosimos”, explica Juana Alicia, quien a la partida de Teresa se convirtió en la líder del grupo que hoy se conoce como tejedoras de Mampuján.

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Su experiencia fue tan sanadora y reconfortante que siguieron haciendo más tapices: otro se llamó Masacre, y mostraba cómo esos mismos hombres que los intimidaron fueron después a la vereda Las Brisas y mataron a 11 campesinos en un macabro recorrido que llamaron la ruta de la muerte y que justificaron con la excusa de que querían sacar al frente 37 de las Farc de los Montes de María.

Juana y sus compañeras entendieron que esa experiencia sanadora era digna de compartirse. Lograron que la ONU les financiara lo que ellas llamaron la ruta por la vida y que consistió en recorrer los mismos lugares que habían recorrido los paramilitares sembrando la muerte y el terror, pero ellas buscaban que las mujeres sacaran su dolor y lo expresaran en un tapiz.

Recorrieron varias veredas de los Montes de María, llegaron a Córdoba, Sucre, Antioquia, Chocó, Bogotá, Armenia, Duitama y Paipa. Invitaban a las mujeres a un ritual de tres días en el río, que incluía oración, masajes de relajación, almuerzo y sesiones de costura. Y evolucionaron su idea para que en cada grupo las mujeres tejieran tres tapices, uno que mostrara su vida antes del conflicto, otro para relatar los hechos violentos, y uno más para visualizar el futuro. Al final las mujeres exponían sus creaciones y su experiencia a toda la comunidad.

Además de construir la memoria, estas mujeres se convirtieron en motor de un proceso de reconciliación, en el que participaron también los hombres, y que es inédito en el país: la comunidad de Mampuján perdonó a sus victimarios, líderes del Bloque Héroes de los Montes de María, entre ellos, Juancho Dique y Diego Vecino. El hecho culminante se vivió en las audiencias del incidente de reparación que se cumplió entre el 26 de abril y el 10 de mayo de 2010.

Esas audiencias lograron conectar a Mampuján, vía satélite, con una sala en Bogotá donde sus victimarios pidieron perdón. Cerca de 20 personas que representaban a las víctimas de este y otros pueblos como Las Brisas y San Cayetano, se hicieron presentes en la sala; el resto, se agolpó en las calles del nuevo Mampuján para ver a través de una pantalla gigante las explicaciones de las masacres, asesinatos selectivos y desplazamientos, la complicidad de las autoridades civiles, militares y de policía con sus atrocidades y la connivencia de empresarios y terratenientes. “Nosotros ya habíamos hecho un trabajo a través de la emisora comunitaria”, dice Juana, para reseñar un altavoz que pendía de una vara de madera larga y que les sirvió para discutir entre todos qué era el perdón, cómo perdonar y para qué perdonar. De tal manera que cuando Alexander, su esposo y otro de los líderes comunitarios, se levantó en plena audiencia y le dijo a Juancho Dique que Mampuján lo perdonaba porque creían que era un ser humano que estaba en proceso de transformación y le entregó una biblia para él y otra para Diego Vecino, el barrio entero estalló en júbilo.

La imagen era por lo menos surrealista. Unos victimarios vestidos de traje y corbata que decían no merecer el perdón, recibían biblias de un hombre que a nombre de un pueblo entero los perdonaba, mientras ese pueblo, viviendo todavía los rigores y penurias del desplazamiento, vitoreaba, a cientos de kilómetros, semejante acto de reconciliación.

En ese mismo escenario Juancho Dique y Diego Vecino vieron los dos tapices insignes de las tejedoras de Mampuján y dijeron que querían conocer a las mujeres que habían sido capaces de representar el dolor de esa manera. “Yo sí quisiera verlos y decirles que los perdoné y que hoy oro por ellos. Quiero escuchar su historia, que me cuenten lo que les pasó, para poderlo entender más lo que ocurrió”, dice Alexandra, la pastora evangélica de la comunidad.

Esos dos tapices, Desplazamiento y Masacre, hacen parte de la sala Nación y Memoria del Museo Nacional y han recorrido varios países de Europa y ciudades de Estados Unidos como la evidencia del trabajo sanador de estas mujeres.

Las tejedoras hoy

Del grupo original de 33, quedan 16 mujeres, que han seguido tejiendo. Ya no lo hacen para sanar el dolor que consideran exorcizado, sino para ir más allá y encontrar sus raíces. Así cosieron varios tapices que representan su pasado: África libre, en el que muestran cómo se imaginan a sus ancestros; Travesía, que representa cómo viajaron esos ancestros a bordo de un barco para ser esclavizados; Subasta, para evidenciar cómo fueron vendidos al llegar al continente; Rebelión, para representar su movimiento emancipador en Palenque; y otros que muestran las actividades cotidianas de los cimarrones en sus asentamientos y cómo el conflicto se fue adentrando en sus comunidades hasta llegar a Hacinamiento, que relata las condiciones indignas en las que vivieron durante casi una década.

Esos tapices esperan que el Estado cumpla una de sus muchas promesas: la construcción de un museo en el que a través de videos, música, cantos, fotos y pinturas, relaten sus vivencias.

También esperan firmar un acuerdo con Cotelco, el gremio que agrupa a los hoteles en Colombia para coser tapices decorativos, alegres y positivos, para sus miembros. Así esperan que la tradición no se muera y que a través de un arte que aprendieron y perfeccionaron, a punta de lágrimas y callos, puedan obtener una forma de financiación. Solo les falta recuperar su tierra, el Estado no les ha garantizado el retorno.

Imágenes: David Schwarz y vice.com

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