Gregory Crewdson, el hombre que hace cine a través de una única fotografía

Autor: Ángel Perianes
Vía El Mundo | Septiembre 5, 2017

Artículo recomendado por Angélica Escoto, colaboradora de México, para Replicación de Arttextum

Reino Unido y Francia acogen este verano “Cathedral of the pines”, la última serie del artista norteamericano, que asegura haber realizado su obra “más personal” tras dos años de trabajo

Posee la insólita virtud de hacer cine con una cámara de fotos. En sus más de 20 años de profesión como fotógrafo, a Gregory Crewdson (Nueva York, 1962) ya hay quien le considera un Alfred Hitchcock que filma en un solo fotograma. Un incondicional de David Lynch que vive obsesionado con colgar la esencia de su película Terciopelo azul en una pared, una y otra vez. La influencia de ambos, junto a la de otros grandes cineastas, le ha llevado a colmar su obra de innumerables códigos cinematográficos. Así se inspira para retratar escenas suburbanas de calado surrealista; como una secuencia en pause de Twin Peaks, en la que, entre vecindarios idílicos, el espectador parece obligado a hacer del célebre agente Cooper para interpretar qué sucede en sus obras.

Crewdson vuelca a la fotografía las historias que el celuloide no puede sintetizar. Dice que no toma fotos. Las construye. Lo hace con la parafernalia del séptimo arte. A su alrededor, un amplio equipo que, desde sus inicios en los 80, le ha ayudado a crear su particular Hollywood en los barrios residenciales de su estado de acogida, Massachusetts. Trabaja entre una mirada de diseñadores, operadores de cámara, iluminadores, directores de arte, asistentes de fotografía, pirotécnicos, maquilladores, carpinteros y operarios; decenas de personas invadiendo calles con grúas y máquinas de humo, mientras él controla a todos, movido por su perfeccionismo.

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En 2013 y 2014, los frondosos bosques de Beckett fueron testigos de su último trabajo. Esta zona del condado de Berkshire, próxima a los Apalaches, acogió la producción de su serie más reciente, Cathedral of the Pines, que ha aterrizado este verano en el continente europeo, y que se expone en la actualidad en la Photographers’ Gallery de Londres y en el FRAC Auvergne de Clermont-Ferrand, en Francia.

El artista la describe como “la más personal” de todas las que ha realizado hasta la fecha, lejos del despliegue técnico realizado años atrás, aunque ha sido, probablemente, la más complicada de iniciar. Una profunda crisis provocada por su divorcio le tuvo dos años sin sacar una sola foto. Se recluyó en Great Barrington, un pueblo donde compró y restauró una iglesia para hacer de ella su nueva casa y, al lado, una estación de bomberos que convirtió en su estudio. Después de largas caminatas durante meses por los alrededores, encontró la inspiración en un sendero cuyo nombre dio título a esta obra. “Estaba caminando un día de nieve cuando me encontré con una señal en un sendero llamado Cathedral of the Pines. La resonancia del nombre me detuvo. Sabía que tenía que usarlo”, explica.

La obra es el reflejo de un sueño recurrente. Una fijación del artista por mostrar distopías domésticas de la clase media en un ambiente de tensión hogareña o dramas íntimos de personas a la deriva que ocultan un algo tan siniestro como melancólico. Son misterios suburbanos sin argumento, tal y como él mismo reconoce: “No hay un antes ni un después de ese momento congelado. Ni quiero que haya una narración literal. Debe ser el público quien proyecte su propia narración”.

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Está convencido de que “todo artista tiene una sola historia que contar y no deja de contarla una y otra vez”. La historia de gente al borde del colapso; de mujeres desnudas con miradas abismáticas, perdidas en habitaciones tapizadas de algún motel con reminiscencias del cine clásico, acurrucadas en sofás de tela sintética, de pie sobre una moqueta, en un sombrío cobertizo o junto a un Chevrolet, vivaqueando en la intemperie. Cada imagen suma la estética y extrañeza de Lynch, el realismo del pintor Edward Hopper o el paisajismo del siglo XIX de artistas como Thomas Cole y Albert Bierstadt.

Para conseguir ese resultado, su equipo tuvo que hacer frente a duros reveses. Entre ellos, un miembro del set casi muere ahogado debido a una inundación y otro perdió la sensibilidad en los pies sobre la nieve. Eso marcó el nivel de dificultad de una producción que llegó a gestarse a 15 grados bajo cero en un terreno boscoso de complicado acceso.

Crewdson trabajaba por primera vez rodeado de familia y amigos. Nunca antes, en otras series, se había dignado a conocer a quienes posaban para él. Ni siquiera ha sabido cómo denominarlos: ¿Actores, modelos, sujetos? Ha sido así hasta Cathedral of the pines. Algo cambió en esta obra en la que pasó de fotografiar figuras anónimas, muchas de clase obrera, a su actual esposa (y productora creativa), Juliane Hiam, y su hija Lily, que han ejercido de protagonistas en algunas de las imágenes. Lucen como él sueña sus personajes. Como seres disfuncionales que el novelista John Cheever hubiera descrito en papel.

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Cada una de sus costosas imágenes es fruto de producciones faraónicas que se dilatan durante días, semanas e, incluso, meses, hasta que un clic plasma el resultado final. Son imágenes con presupuestos de miles de dólares invertidos en espacios interiores y exteriores que se ha atrevido a moldear sin límites desde que se consolidó a finales de los años 90 como artista a gran escala; desde incendiar casas a comprar un edificio para poder derrumbarlo o a humear avenidas. Todo para dar con la atmósfera idónea. O el “momento perfecto” que siempre busca, tal y como relata en el documental, “Brief Encounters”, cuyo director, Ben Shapiro, dedicó casi una década de su vida a grabar cómo Crewdson creaba su serie más célebre, “Beneath the roses”.

Reino Unido y Francia acogen este verano “Cathedral of the pines”, la última serie del artista norteamericano, que asegura haber realizado su obra “más personal” tras dos años de trabajo

Posee la insólita virtud de hacer cine con una cámara de fotos. En sus más de 20 años de profesión como fotógrafo, a Gregory Crewdson (Nueva York, 1962) ya hay quien le considera un Alfred Hitchcock que filma en un solo fotograma. Un incondicional de David Lynch que vive obsesionado con colgar la esencia de su película Terciopelo azul en una pared, una y otra vez. La influencia de ambos, junto a la de otros grandes cineastas, le ha llevado a colmar su obra de innumerables códigos cinematográficos. Así se inspira para retratar escenas suburbanas de calado surrealista; como una secuencia en pause de Twin Peaks, en la que, entre vecindarios idílicos, el espectador parece obligado a hacer del célebre agente Cooper para interpretar qué sucede en sus obras.

Crewdson vuelca a la fotografía las historias que el celuloide no puede sintetizar. Dice que no toma fotos. Las construye. Lo hace con la parafernalia del séptimo arte. A su alrededor, un amplio equipo que, desde sus inicios en los 80, le ha ayudado a crear su particular Hollywood en los barrios residenciales de su estado de acogida, Massachusetts. Trabaja entre una mirada de diseñadores, operadores de cámara, iluminadores, directores de arte, asistentes de fotografía, pirotécnicos, maquilladores, carpinteros y operarios; decenas de personas invadiendo calles con grúas y máquinas de humo, mientras él controla a todos, movido por su perfeccionismo.

Infancia pintoresca

Desde muy temprana edad, su vida quedó condicionada por grandes epifanías. El sótano de su casa en Park Slope, Brooklyn, es el origen de su obra. Era ahí donde su padre, un psicoanalista con esposa y tres hijos, tenía la consulta. Empujado por la curiosidad, tras la puerta de aquel despacho subterráneo, Gregory solía pegar la oreja en el suelo para intentar conocer las confidencias de los pacientes que por allí pasaban. De todo cuanto escuchaba (y lo que no) en las sesiones de aquellas personas, Crewdson empezó a desarrollar cierto afán por lo secreto y lo prohibido. Pero sobre todo, por lo extraño y lo paranormal, una fijación que aquel niño fue acrecentando poco a poco y que, décadas más tarde, plasmaría en algunas de sus fotos más icónicas.

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Años más tarde supo que era disléxico. Y, desde entonces, se mantuvo apegado a la imagen fija como vía de expresión, dada la dificultad que tenía para leer y escribir. Ocurrió después de que, en 1972, su padre le llevara a una exposición sobre la artista Diane Arbus en el MoMa de Nueva York. Empapó su infancia de los personajes perturbadores y marginales de la americana, al igual que de otros artistas como William Eggleston, Walker Evans, Stephen Shore o Joel Sternfeld; Fotógrafos que durante aquella década pusieron de moda hacer crónica de su país, retratando mundanos paisajes rurales y suburbanos que han sufrido la acción del hombre.

Puso tanto empeño en la fotografía como en la música, a la que a punto estuvo de dedicarse cuando apenas contaba con la mayoría de edad. Por entonces tenía un grupo de pop llamado The Speedies. Al final, todo quedó en un solo éxito casualmente llamado “Let me take your photo” que, 20 años más tarde, fue utilizado para publicitar impresoras de la conocida marca Hewlett Packard.

La cinta Terciopelo Azul de su director fetiche, David Lynch, cambió su vida para siempre al descubrirla en 1987: “Recuerdo que me sentí profundamente conectado con la forma en que utiliza la lengua vernácula americana y cómo reveló algo más oscuro y siniestro por debajo de ella. Conecté completamente con su uso de la luz y la oscuridad. No estoy diciendo que sea la mejor película de la historia, pero es la que mejor me define”. Por eso, se obcecó en clavar su universo en cada una de sus fotos. En exteriores, panorámicas forestales que mezclan elementos industriales con edificaciones ruinosas. En interiores, iluminaciones lúgubres, espejos y puertas entreabiertas en espacios arcanos con personajes erráticos que parecen sacados de la filmografía del director surrealista.

Gregory Crewdson eligió la cabaña de sus padres, en Lee, un pequeño pueblo de Massachusetts, para iniciar su trayectoria tras terminar sus estudios superiores en la Universidad de Yale, de la que hoy es profesor. En ese municipio han surgido muchas de sus babélicas fantasías, que tantos miles de dólares han movido.

Pronto traspasó la barrera de fotógrafo convencional para convertirse en una suerte de arquitecto que escenificaba todo cuanto le sobrecogía, ya fueran influencias cinematográficas como literarias. Y así fue cómo surgió su primera foto a gran escala, haciendo un homenaje a la Ofelia de Hamlet que el británico John Everett Millais inmortalizó en una pintura: “Durante muchos años tuve en mi mente la imagen de una mujer sumergida en su sala de estar. Cuando me fue posible trabajar en un estudio de sonido, supe que era lo primero que iba a intentar. Construimos una sala de estar y un tanque a su alrededor para inundarla. Entonces miré a través de la cámara, vi la expresión de ella y me di cuenta de que aquello era lo que buscaba. Fue aterrador”.

Cada imagen, admite, surge de un “qué extraño, ¿qué es esto?”. Son revelaciones rurales, suburbiales, que él consigue plasmar en su cabeza a base cine, fotografía, literatura y pintura, tal y como confiesa:

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