Las tejedoras de Mampuján: La fuerza femenina del perdón

Autora: Gloria Castrillón
Vía Revista Cromos | Noviembre 19, 2015

 

Este grupo de mujeres campesinas que ayudó a comunidades de los Montes de María a superar los traumas de la guerra, representando sus vivencias en figuras de tela, han sido galardonadas con el Premio Nacional de Paz.

Las primeras puntadas fueron de dolor. Cada vez que entraba la aguja para unir las telas, algo se desgarraba en su corazón y el llanto salía sin parar. Entonces estas mujeres soltaban la aguja y se secaban las lágrimas para seguir llorando. La colcha de retazos apenas tenía forma: unas montañas de fondo, unos caminos, algunos árboles y el arroyo; ahora tenían que dibujar las personas. Cada figura representaba a un vecino, amigo o familiar. Por eso dolía tanto, porque lo que estaban plasmando en la tela era su propia historia.

Entonces después de secarse las lágrimas una y otra vez, de tomar aire y elevar una oración, volvían a tomar la aguja para ponerle ropa a cada figura humana. “El hermano Luis tenía un pantalón así”, decía la una; “la ‘seño’ Guadalupe tenía su pelito blanco muy blanco”, contestaba otra al extremo opuesto del tejido. Cada mujer aportaba un recuerdo, una idea, un pedazo de tela. Así construyeron su primer tapiz. Desplazamiento, se llamó. Así, sin eufemismos ni adornos. Una sola palabra para mostrar el horror que comenzaron a vivir el 11 de marzo del año 2000 y que aún no termina.

En ese momento, mediados de 2006, eran 33 mujeres que empezaban a rehacer su vida en un lote regalado, sin servicios públicos, a casi siete kilómetros de su pueblo, Mampuján, un corregimiento del municipio de María la Baja, Bolívar. Ellas creían que después de seis años de haber salido huyendo con sus maridos, hijos y corotos a cuestas por la amenaza de los paramilitares, ya habían superado el dolor.

Pero no. Los dolores seguían guardados, les atormentaban el alma y el cuerpo. Y aunque no lo sabían, esos primeros tapices de figuras geométricas que les había enseñado a hacer Teresa Geiser, una predicadora estadounidense de la Iglesia Menonita, que había venido de El Salvador a enseñarles a coser, se convertirían en su puerta de salvación, en la ventana para mostrarse como mujeres dueñas de una fuerza descomunal de la que no eran conscientes.

Teresa había llegado con su esposo, Carlos, invitados por la Iglesia Menonita de Colombia a ayudarle a esta comunidad a rehacerse de la nada después de pasar casi cinco años rodando con sus familias y tristezas en María la Baja, entre el parque, el colegio, la casa de la cultura y unos prostíbulos convertidos en albergues. Por fin tenían un pedazo de tierra para levantar carpas o ranchitos de madera y tener algo parecido a una vivienda, un poco de privacidad.

Lo que habían vivido antes no era vida, decían ellas cada vez se encontraban a coser. Vivir hacinados, sin comida, sin condiciones sanitarias, no solo les había traído enfermedades, sino que convirtió a una comunidad creyente, tranquila y solidaria en el peor de los infiernos, por los problemas de convivencia, violencia intrafamiliar, y hasta casos de abuso sexual a los niños y niñas.

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Por eso aceptaron la idea de coser esas figuritas geométricas de tela rosada. Pero se aburrieron y le pidieron a Teresa que les enseñara a coser algo que las representara a ellas y sus familias. Así empezaron su nueva historia. Entre los talleres de costura y otros que llevaron instituciones como la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, CNRR, y algunas Ong, empezaron a ser conscientes de sus derechos y a entender que el conflicto las afectaba a ellas de manera diferente que a los hombres. “En esta comunidad machista, la mujer era ama de casa y había pocas líderes. Nos dimos cuenta de que las heridas habían sanado mal, hicimos una catarsis,” recuerda Juana Alicia Ruiz, una de sus promotoras.

En ese primer tapiz quisieron mostrar la afectación de las 245 familias que huyeron ese sábado 11 de marzo muy de madrugada. El día anterior, un viernes hacia las 5 de la tarde, mientras la vida pasaba tranquila en el pueblo, las mujeres hacían sus oficios, los niños retozaban en el arroyo y los hombres jugaban fútbol en la plaza, llegaron cerca de 200 paramilitares a intimidarlos. Fueron de casa en casa y sacaron a hombres y mujeres para reunirlos en el parque. Después de insultarlos y tratarlos como guerrilleros les dijeron que los iban a matar.

“Nos dijeron que ellos eran los mismos que habían estado en El Salado (corregimiento del Carmen de Bolívar en el que los paramilitares efectuaron una de las peores masacres entre el 16 y el 21 de febrero de ese año, para torturar y asesinar a 61 personas, violar y empalar mujeres y quemar ranchos y cosechas al ritmo de tamboras) y que de este pueblo no saldrían vivos ni los perros”, recuerdan.

Lo que ellos consideran un milagro, ocurrió un par de horas después de tanto insulto y amenaza. “El jefe recibió una llamada por radioteléfono, se apartó, discutió y manotió. Cuando terminó nos dijo que nos habíamos salvado, que alguien habían intercedido por nosotros y que no nos matarían, pero que debíamos abandonar el pueblo ahí mismo”, corroboran los testimonios de hombres como Gabriel Pulido, líder de la comunidad. De tanto rogar, los pobladores lograron que los asesinos les dieran un par de horas y les permitieran irse al día siguiente.

Lo que muestra el tapiz es duro y revelador. Se ven figuras de ancianos cargados en hamacas, hombres y mujeres con bultos y niños en brazos, sujetos uniformados y armados que les apuntan. “Primero lo hicimos en cartulina y luego lo cosimos”, explica Juana Alicia, quien a la partida de Teresa se convirtió en la líder del grupo que hoy se conoce como tejedoras de Mampuján.

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Su experiencia fue tan sanadora y reconfortante que siguieron haciendo más tapices: otro se llamó Masacre, y mostraba cómo esos mismos hombres que los intimidaron fueron después a la vereda Las Brisas y mataron a 11 campesinos en un macabro recorrido que llamaron la ruta de la muerte y que justificaron con la excusa de que querían sacar al frente 37 de las Farc de los Montes de María.

Juana y sus compañeras entendieron que esa experiencia sanadora era digna de compartirse. Lograron que la ONU les financiara lo que ellas llamaron la ruta por la vida y que consistió en recorrer los mismos lugares que habían recorrido los paramilitares sembrando la muerte y el terror, pero ellas buscaban que las mujeres sacaran su dolor y lo expresaran en un tapiz.

Recorrieron varias veredas de los Montes de María, llegaron a Córdoba, Sucre, Antioquia, Chocó, Bogotá, Armenia, Duitama y Paipa. Invitaban a las mujeres a un ritual de tres días en el río, que incluía oración, masajes de relajación, almuerzo y sesiones de costura. Y evolucionaron su idea para que en cada grupo las mujeres tejieran tres tapices, uno que mostrara su vida antes del conflicto, otro para relatar los hechos violentos, y uno más para visualizar el futuro. Al final las mujeres exponían sus creaciones y su experiencia a toda la comunidad.

Además de construir la memoria, estas mujeres se convirtieron en motor de un proceso de reconciliación, en el que participaron también los hombres, y que es inédito en el país: la comunidad de Mampuján perdonó a sus victimarios, líderes del Bloque Héroes de los Montes de María, entre ellos, Juancho Dique y Diego Vecino. El hecho culminante se vivió en las audiencias del incidente de reparación que se cumplió entre el 26 de abril y el 10 de mayo de 2010.

Esas audiencias lograron conectar a Mampuján, vía satélite, con una sala en Bogotá donde sus victimarios pidieron perdón. Cerca de 20 personas que representaban a las víctimas de este y otros pueblos como Las Brisas y San Cayetano, se hicieron presentes en la sala; el resto, se agolpó en las calles del nuevo Mampuján para ver a través de una pantalla gigante las explicaciones de las masacres, asesinatos selectivos y desplazamientos, la complicidad de las autoridades civiles, militares y de policía con sus atrocidades y la connivencia de empresarios y terratenientes. “Nosotros ya habíamos hecho un trabajo a través de la emisora comunitaria”, dice Juana, para reseñar un altavoz que pendía de una vara de madera larga y que les sirvió para discutir entre todos qué era el perdón, cómo perdonar y para qué perdonar. De tal manera que cuando Alexander, su esposo y otro de los líderes comunitarios, se levantó en plena audiencia y le dijo a Juancho Dique que Mampuján lo perdonaba porque creían que era un ser humano que estaba en proceso de transformación y le entregó una biblia para él y otra para Diego Vecino, el barrio entero estalló en júbilo.

La imagen era por lo menos surrealista. Unos victimarios vestidos de traje y corbata que decían no merecer el perdón, recibían biblias de un hombre que a nombre de un pueblo entero los perdonaba, mientras ese pueblo, viviendo todavía los rigores y penurias del desplazamiento, vitoreaba, a cientos de kilómetros, semejante acto de reconciliación.

En ese mismo escenario Juancho Dique y Diego Vecino vieron los dos tapices insignes de las tejedoras de Mampuján y dijeron que querían conocer a las mujeres que habían sido capaces de representar el dolor de esa manera. “Yo sí quisiera verlos y decirles que los perdoné y que hoy oro por ellos. Quiero escuchar su historia, que me cuenten lo que les pasó, para poderlo entender más lo que ocurrió”, dice Alexandra, la pastora evangélica de la comunidad.

Esos dos tapices, Desplazamiento y Masacre, hacen parte de la sala Nación y Memoria del Museo Nacional y han recorrido varios países de Europa y ciudades de Estados Unidos como la evidencia del trabajo sanador de estas mujeres.

Las tejedoras hoy

Del grupo original de 33, quedan 16 mujeres, que han seguido tejiendo. Ya no lo hacen para sanar el dolor que consideran exorcizado, sino para ir más allá y encontrar sus raíces. Así cosieron varios tapices que representan su pasado: África libre, en el que muestran cómo se imaginan a sus ancestros; Travesía, que representa cómo viajaron esos ancestros a bordo de un barco para ser esclavizados; Subasta, para evidenciar cómo fueron vendidos al llegar al continente; Rebelión, para representar su movimiento emancipador en Palenque; y otros que muestran las actividades cotidianas de los cimarrones en sus asentamientos y cómo el conflicto se fue adentrando en sus comunidades hasta llegar a Hacinamiento, que relata las condiciones indignas en las que vivieron durante casi una década.

Esos tapices esperan que el Estado cumpla una de sus muchas promesas: la construcción de un museo en el que a través de videos, música, cantos, fotos y pinturas, relaten sus vivencias.

También esperan firmar un acuerdo con Cotelco, el gremio que agrupa a los hoteles en Colombia para coser tapices decorativos, alegres y positivos, para sus miembros. Así esperan que la tradición no se muera y que a través de un arte que aprendieron y perfeccionaron, a punta de lágrimas y callos, puedan obtener una forma de financiación. Solo les falta recuperar su tierra, el Estado no les ha garantizado el retorno.

Imágenes: David Schwarz y vice.com

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