O volvemos al estiércol en nuestra agricultura o no habrá futuro

Autora: Elena Pita
Vía Agricultorers, Red de especialistas en agricultura | Junio 29, 2016

 

Jairo Restrepo, el promotor del uso del abono natural en la agricultura.

Cae en tromba el agua sobre la tierra caliente de sol, tapizada de esparceta rosada y bella. Como una tormenta de verano fugaz, en este mayo que marcea. El maestro está desgranando el ABC (su biblia personal de agricultura orgánica) en fórmulas perfectas, y los alumnos apuntan minuciosos en sus cuadernos de campo, dibujos y croquis, números y letras.

Son una treintena de agricultores, ingenieros, viticultores, simples cuidadores de la tierra, y les está enseñando esta tarde la activación líquida de microorganismos. Dos galones de melaza, dos de suero de leche, 100 litros de agua y 10 kilos de vida o los microorganismos que esta mañana él mismo ha creado. Disuelve, trasiega valiéndose de cubos y empapa con aquello la bolsa de la vida: que penetre la humedad y, pasados 30 días de fermentación, las plantas reirán al beber el líquido elixir. «Es el mejor y más sencillo biofertilizante que cualquier campesino pueda preparar».

Regresa el sol tras el aguacero. Cuece el abono en bidones huecos sobre la tierra, hecho de heces de gallina, cáscara de arroz y harina de roca. Estoy escribiendo y a mi memoria vuelven los olores, del abono de pan (así huele por su base de avena fermentada), el de polvo de hueso, el zumo de alfalfa licuada en agua (nitrógeno puro), y hasta 48 biofertilizantes les enseña a preparar el maestro.

Jairo Restrepo nació sietemesino un día de abril de 1957 en Buga, Colombia, el menor de 11 hermanos, entre 84 nietos de los 26 hijos que tuvieron sus abuelos. Y con siete meses aprendió a caminar, «porque nadie me cargaba, tan feo había nacido». No dejó de caminar, colombiano errante por la Tierra para el bien de la tierra, enseñando, asesorando, desmontando mentiras.

Se doctoró ingeniero agrónomo por la Universidad de Pelotas, Brasil, huyendo de la persecución política e intelectual en su país. Es consultor en América Latina, el Caribe, Australia, África y Europa, ha enseñado en 37 universidades e institutos de investigación, asesor técnico para gobiernos y organismos internacionales como la FAO, autor de 14 libros, predicador incansable.

Lo encontramos impartiendo en el lugar de Navata, Alt Ampurdà, Girona. «Con agua y mierda no hay cosecha que se pierda», leo grafiado en su polo amarillo. O como él mismo dirá: «La vida es una eterna cagada que se recicla (sic). Sin descomposición no hay vida. La agricultura orgánica es mucho más barata que el cultivo activado por fertilización química; además, o vamos a ello o nos cargamos lo que queda de planeta», sin disyuntiva.

¿Cómo podríamos reclamar el derecho a saber qué son los alimentos que comemos?

El derecho es un invento. Yo hablaría del instinto natural de tener accesibilidad a los alimentos y te respondo con una pregunta: ¿qué pasaría si se prohibiera comercializar comida?

¿Qué pasaría con las ciudades?

No existirían. El problema está generado por una gente que no es capaz de producir lo que demanda y para lograrlo inventa necesidades artificiales. Necesidades naturales: comer, nutrirse, tener salud, sonreír… Necesidades creadas para dominarnos: el consumo de todo tipo. Te niegan lo que naturalmente necesitas y te distraen con necesidades artificiales, para doblegarte. La calidad de los alimentos pasa por no crearle necesidades al campesino, como ha hecho la agricultura industrial. El campesino ha sido violado. Y un alimento es sano cuando no tiene maldad, cuando es producido de manera natural, sin manipular las necesidades del otro.

¿Cómo rompemos la cadena?

Buscando la reconstrucción social de los campesinos, reencontrando la cultura y por tanto la felicidad en la tierra. Cuanto más despegada está de ésta, menos cultura tiene la gente. La agricultura es el arte del cultivo; la cultura nació en el campo, no es de las ciudades.

Jairo, ¿quién le enseñó todo lo que usted enseña ahora?

La necesidad. Es como si le preguntas a una abuela quién le enseñó a cocinar. Trabajo con la habilidad manual de los campesinos. Ellos no tienen sino una pala y unas semillas; yo conecto y complemento esta destreza con la habilidad intelectual, buscando el porqué de las cosas y contra qué hago las cosas. Contra un sistema de opresión que miente y reprime y nos hace pacientes. Decodifico la práctica campesina y convierto en simple lo complejo que les plantea la ingeniería agrónoma. Tengo un compromiso con los campesinos para restablecer su cultura.

Ha venido a enseñar a estos nuevos cuidadores de la tierra cómo regenerar el suelo, para que olvide o depure el veneno arrojado.

¿Estamos aún a tiempo?

Mientras haya posibilidad de recuperar la actividad biológica del suelo es posible un mundo diferente. Una tierra sin vida microbiológica es una tierra sin cerebro. Con los abonos naturales que utilizaron nuestros antepasados por tiempos inmemoriales, volverá a funcionar su memoria, que es la vida.

¿Podremos recuperar la Tierra o es demasiado tarde?

Por día se deposita medio millón de toneladas de desechos petroleros y se calcula que este planeta necesita un año y medio para digerirlos del todo. Así que tiene un atraso de 400 años. Ya no es momento de más reuniones en Tokio o París, sino de hechos. EEUU y China, responsables de un 30% de los depósitos que generan el efecto invernadero, ni siquiera firman los compromisos. O paramos la matriz de la destrucción o estaremos ante la séptima extinción, la del hombre.

¿Bastaría con detener la combustión fósil?

No. El mayor destructor del planeta es el sector agropecuario, algo que ni siquiera se contempla en esos congresos internacionales, porque hay cuatro corporaciones que dominan 67 centavos de cada dólar mundial. El alimento sale de la naturaleza, todo el mundo tiene que comer, y esto les hace dueños del 67% de la economía. ¿Cómo nos dominan? Con la manipulación política de la palabra hambre y con la desnutrición tecnológica de los alimentos para que el hombre enferme y dependa de la farmacia. También con la expulsión del campesino y a través de la geofísica, con la modificación de las condiciones climáticas en lugares concretos, para expulsar a la población. Los desastres en América Latina, África y Asia no son naturales, sino ensayos.

¿Este proceso se ha hecho de modo planificado o ha sido una forma de ganar más dinero?

Yo te diría que sí, que todo está programado. Es un sometimiento sistematizado y programado: la industria sabe de todo esto y sabe lo que quiere.
Cuénteme un cuento o un sueño para poner un fin esperanzador a esta entrevista.
(Ríe) Mi sueño es construir un estado ideal del ser, para no ser un ser ideal del Estado. Hoy ese Estado es autoritario porque vivimos en una dominación global.

ALIMENTACIÓN TÓXICA

Sostiene Restrepo que «el coeficiente intelectual de los niños europeos ha disminuido un 17% en los últimos 25 años debido a la alimentación tóxica». En la misma línea, afirma que “comer es saber o ser consciente de qué es aquello que prolonga tu vida y qué te hace daño. Hoy la comida te roba la energía; no es sana, está programada para debilitar actuando en tres niveles vitales: elimina el sistema inmunológico, es neurotóxica y afecta al comportamiento social.

No sólo produce toxicidad a base de procesos industriales de conservación que son veneno, sino que deprime y merma la emoción. No cabe en mi cabeza que no se hagan análisis comparativos de la sangre que existía antes de la fertilización y el tratamiento químico de la tierra y la que hoy tenemos. La sangre evoluciona con la nutrición y es imposible que la industria no sepa este dato. La agricultura orgánica genera energía y la agricultura industrial quema energía, es así de sencillo”

Imagen cortesía de la Universidad Tecnológica de Paquimé

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